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Excursión y pesca - Cortesía de Librored.com

Al sur de rada Tilly, en la patagonia argentina, conocí a Alexander Gaimer (21), durante el avistaje de ballenas desde la costa. Lo había organizado Carlos Alonso (29) después que Francisco, su gran amigo, volvió a la selva amazónica. Carlos se dedicaba a la ecología por ese entonces, y sobre todo a los especímenes jóvenes de machos humanos.

El grupo de turistas embarcó en distintas lanchas y la excursión fue un éxito en medio de una fuerte marejada. Alexander, con miedo, tomó la mano de Carlos por debajo del abrigo impermeabilizado. Carlos perdió por unos momentos la concentración en lo que estaba explicando por el altavoz; miró a Alexander y decidió mostrarse indiferente aunque su mano entraba entre las piernas calientes del turista.
De regreso al bus de transporte el incidente pasó desapercibido.

-Le agradezco que no haya comentado nada sobre mi miedo -dijo Alexander cuando estuvieron solos.

-Es natural que pase si uno no está acostumbrado a estos vaivenes del mar -respondió Carlos. Me gustó ayudarlo.
-Le invito un trago en mi habitación porque tengo un vodka que compré en el free shop del aeropuerto -dijo Alexander.

-No ahora, pero sí mañana después de cena ya que es la despedida de todo el grupo -dijo Carlos.

Entre los turistas siempre hay grupos típicos de recién casados, de viejitos, de compañeros de estudio, de amigos. Aquí había un joven avejentado, muy delgado y totalmente mudo. Sólo escuchaba y miraba sin sacar las manos del abrigo térmico para el frío del mar. Carlos se fijó en la planilla y vio que se llamaba Igor Morgan. Su edad era de 27 años, pero parecía de 40 tanto por su andar, como por el cinismo y el dejo de desprecio en la mirada. Nadie se acercaba a él. Carlos quería tener un éxito en la evaluación de servicios de la empresa de turismo por lo que se arrimó.

-Sr. Morgan - dijo Carlos. ¿Necesita algo o puedo hacer algo por usted para que este viaje sea de su entera satisfacción? -No. Salvo que me de algunas indicaciones dónde tomar un trago fuerte y haya diversión -dijo Igor. Las ballenas son interesantes, pero necesitaría un lugar nocturno que esté calefaccionado y me mejore las ideas después de la cena.

-Hoy no, pero mañana después de la cena puede ser, ya que la “Cueva del Pirata” presenta un espectáculo mixto -respondió Carlos.

-Bueno, ¿pero esta noche? -insistió Igor.

-Veré que puedo hacer -dijo Carlos, fastidiado por haber preguntado a un tipo tan intratable.

Esa noche no había más actividad con el grupo, por lo que cuando se encontró con Alexander le preguntó si podrían tomar el trago ofrecido, acompañados por Igor.
-No tengo problemas -respondió Alexander y quedaron de encontrarse en su habitación a las 22 hs.
-Voy a buscar a Igor -dijo Carlos. Lo encontró sólo en un rincón del bar del hotel. Igor aceptó.

La reunión comenzó un poco a los tumbos. La calefacción estaba fuerte por lo que Alexander andaba con pantalones cortos y descalzo en la habitación. Igor se sacó el abrigo y su ropa no era elegante, sino de batalla. Alexander comentó que trabajaba en su tesis doctoral y que necesitaba mejorar su español, por lo que dijo “hablemos español”. Los tragos pasaban y Igor contó que él estaba tomando un paseo porque había estado cerca de dos años sin mucho salir. Después nos dijo que había estado en la cárcel, por el robo de una motocicleta que no había robado, pero que no era un santo en cuanto a otras cosas. Igor se sacó la remera y los zapatos tomando la informalidad del ambiente.

Alexander se atrevió a contar el incidente del bote durante el avistaje. Lo miré y no estaba nada mal porque sus nalgas eran redonditas y duras, algo salidas para afuera. Su piel era blanca como de un nórdico y su figura muy agradable. Igor era todo lo contrario: esquelético, alto, duro y con una pija que se marcaba en el pantalón como bastante larga.

-Es cierto que en la cárcel -pregunté- pasado un tiempo ¿te violan o sos violado? -Si y no -respondió Igor. Uno sabe cuando tiene que ceder o cuando la naturaleza se impone. Vio que la respuesta le interesó a Alexander.

-¿A vos qué te pasó? -preguntó Alexander.
-Yo protegí a dos que convivían conmigo en a celda. Uno mamaba como una chica y el otro, recibía todo lo que le pusiera -respondió Igor.

-O sea que ¿nunca te la dieron por el culo? -insistió Alexander.

-No. Casi nunca -dijo Igor y se sonrió con intención.

-¿Por qué lo hacías, si eras casado? -siguió Alexander, mientras terminaba la botella de vodka en los vasos de los tres.

-Porque ahora me gustan más los culos que las conchas -respondió Igor. El tuyo Alexander debe estar muy bueno y hambriento, mientras sin disimulo se acomodaba el pene en su pantalón.

-Bueno. Se acabó la bebida y voy a buscar lo que consiga -dije yo mientras me calzaba las zapatillas. Me llevo la llave para no golpear, agregué. Bajé al bar, pero no me vendió en botella por lo que salí hasta un kiosco cercado que estaba abierto a pesar de la ventisca y el viento helado.

Cuando regresé al hotel abrí suavemente la puerta de la habitación porque suponía que algo pasaba entre Igor y Alexander. Alexander estaba desnudo, de rodillas sobre el asiento del sofá, abriendo sus nalgas. Igor estaba desnudo, con su boca pegada al agujero del culo de Alexander. La lengua entraba sin reservas como la punta de una flecha preparada, ya que Alexander gemía. Destapé la botella que había comprado. El culo de Igor era una tentación por el “casi nunca”.
La pareja decidió cambiar de posición. Alexander se acostó boca arriba sobre una robusta mesita de roble y yo le metí el pico de la nueva botella en la boca para que el líquido entrara en su garganta. Igor había sellado la botella vacía y con jabón que encontró en el baño la preparó para calzarla en el agujero del culo de Alexander que estaba con las piernas levantadas. No fue fácil, pero Igor tenía experiencia porque con la remera hizo una mordaza para Alexander y en pocos movimientos de mano le hundió la botella en el culo con una dilatación formidable.

-No. No. –murmuraba Alexander, pero no hacía nada para que Igor cesara.

Alexander temblaba. Entre Igor y yo lo llevamos a la cama. Cuando retiré la botella el agujero era inmenso y tentador. Igor preparó su pija y lo sodomizó varias veces hasta que no hubo resistencia y Alexander gozaba entredormido por el trago.

El vello del culo de Igor estaba perlado de sudor. Fui al baño y traje la botella de plástico del champú. Tire un chorro y se hizo espuma con mis dedos…le mandé uno, dos, tres, cuatro…y no hubo reclamo, con lo que el “casi nunca” no debía ser tal. Puse los cinco dedos cuando Igor enculó a fondo a Alexander. Igor mordía suavemente todas las partes del cuerpo de Alexander produciéndole respuestas de dolor y gusto en forma alternada.

Al rato, Alexander quiso vomitar y pusimos su cabeza cerca de la tasa del inodoro. Igor le puso los dedos en la garganta para que el vómito fuera mayor, cosa que no debe hacerse, pero era tarde cuando lo vi. Un chorro de vómito salió por todo el baño y alivió a nuestro amigo. Para limpiar un poco, abrí el agua tibia de la ducha con manguera flexible. Bañamos también a Alexander y le hice un enema para que lo limpiara por dentro. Lo secamos y lo llevamos a la cama ya que dormía.

Después le hice un enema a Igor y mientras nos bañábamos, lo penetré. Gemía como un profesional virgen, lo que es un contrasentido, pero se ve que en la cárcel le enseñaron. Del culito de Alexander salía un poquito de sangre, no así del de Igor.
Me puse la salida de baño que encontré y fui hasta mi habitación para buscar una crema cicatrizante y desinfectante.
Igor no había tomado tanto por lo que puso una película porno y volvió a coger a Alexander. Volví a mi habitación.

En la excursión de la mañana siguiente faltaron Alexander y Igor…seguro que por el miedo al vaivén del mar.

Todos volvieron a Buenos Aires y no los volví a ver. A los 9 meses recibí una tarjeta desde Noruega con la firma de Alexander y Igor…menos mal que no era para comentarme que habían tenido un bebé. Su buen esfuerzo hizo uno y yo me ilusionaba con ser el padrino.

 
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