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Maestra de placer - Cortesía de Librored.com

Tengo 22 años y estudio Biología. Nunca había tenido una relación de amistad o confianza con ninguno de mis profesores, vamos que mi relación con ellos se limitaba a un saludo por los pasillos y no siempre. Me presenté voluntaria para realizar un seminario y una vez escogido el tema mi profesora me asignó a otra profesora para tutorizár mi trabajo. Yo ya había tenido a esa profesora en una asignatura, pero ella ni se acordaba de mí. Comencé el trabajo y entre la consulta de dudas, la búsqueda de información, las recomendaciones y demás pasaba bastante tiempo con ella (voy a llamarla Estela).

Estela es una mujer de unos 37 años, es alta, morena, muy delgada, con los ojos grandes y muy expresivos, de cuello largo y postura elegante, nada más verla da la impresión de ser una mujer con carácter, divertida y liberal, aunque es seria en clase. No es guapa, pero es tremendamente atractiva, tal vez porque resulta enigmática, puedes tener impresiones, pero siempre te queda la sensación de no saber a qué atenerte con ella.

Como digo es muy seria en clase, pero es agradable y cordial, y conmigo, al tratarse de algo especial, fuera del aula (quedábamos en su despacho), pronto adoptó una actitud de complicidad.

Hablando, un día me contó que había ido a ver una función de teatro alternativo que había montado un amigo suyo y yo le comenté que a mÍ me gustaba mucho el teatro y me dijo que si quería me invitaba a ver la obra porque su amigo le daba entradas, yo dije que sí y un día, derecho de la facultad fuimos al teatro. A la salida fuimos a un bar cercano a picar algo con la gente de la obra, que se fueron pronto porque estaban cansados, nos quedamos solas tomando un café y al rato nos fuimos. La verdad es que pensé que me iba a dar más vergüenza, pero fue un rato muy agradable, no paramos de hablar y reírnos un montón.

Salimos a la calle para coger un taxi e irnos para casa, hacía un frío horrible y yo me encogí un poco, me puse al borde de la carretera para llamar a uno y ella se acercó por detrás, me frotó los brazos como para darme calor y luego se juntó un poco más, medio abrazándome, seguía frotándome los brazos y agachó su cabeza para ponerla entre mi cara y mi hombro, pegando su cara a la mía, respirando en mi cuello, yo me quedé parada, no sabía cómo tomarme ese gesto, realmente si me lo hiciese una amiga me parecería lo más normal del mundo (yo estaba helada y ella me frotaba para quitarme el frío), pero me lo hizo ella y me resultó un poco extraño. Paró de frotarme con sus manos y me abrazó, estaba detrás de mí y me dijo sonriente: "vamos a mi casa y tomamos un café", la forma en que me lo dijo me confundió aún más, pensé que a lo mejor simplemente era un gesto de confianza (lo de agarrarme) y yo estaba pensando mal. De todos modos dije que no, pero ella no me dio a elegir, paró un taxi y montamos, supongo que su autoridad de profesora no daba elección.

Llegamos a su casa, abrió y me cedió el paso, ella entró después, me cogió el abrigo por detrás y comenzó a quitármelo, ya no dejó lugar a dudas, acercó de nuevo su cara a la mía, comenzó a acariciarme con su mejilla, muy despacio, yo me quedé totalmente rígida, ella empezó a acariciar mi cuello con sus labios, a penas rozándome y a mí se me erizó todo el vello de mi cuerpo, yo dije casi sin voz que me tenía que ir, pero ella me puso un dedo en mis labios haciendo un gesto como para que me callara, estaba en sus manos, parecía que yo no tenía voluntad. Metió su mano por mi escote y comenzó a acariciarme un pecho, yo tenía los pezones durísimos desde hacía ya un rato, con la otra mano giró mi cara hacia la suya y me dio un beso en los labios muy suave, con los ojos muy abiertos, muy brillantes, luego me dio otro, y otro, nunca había sentido esa sensación, tan delicada y tan excitante a la vez, tan suave que me dejaba sentir su respiración en mi piel, el tacto de sus labios sobre los míos, su corazón en mi espalda…

Sacó su mano de mi pecho y me rodeó la cintura, andando muy despacio me dijo al oído: "relájate, ya verás como te gusta", yo estaba completamente entregada, me llevó hasta su habitación, por el camino me había quitado la camiseta y también la suya, se quitó el sujetador, me quitó el mío, y con los torsos desnudos, de pie frente a su cama me abrazó y comenzó a besarme con pasión, pero sin prisas, metió su lengua en mi boca, apretaba mis labios con los suyos mientras nuestros cuerpos se fundían, desde el ombligo hasta el cuello, no había un centímetro que no se rozase, fue la experiencia más placentera que había sentido nunca, entonces me tumbó en la cama, me miró de arriba abajo mientras me acariciaba con sus suaves manos, empezó también a acariciar mi tripa con su lengua, yo no podía estar más excitada, pero no hacía absolutamente nada, estaba parada, dejándome hacer, besó mi ombligo y fue subiendo hasta mis senos, los rodeaba con sus labios, dándome besos sin parar, se fue acercando a los pezones lentamente hasta que los acarició con su lengua, casi tengo un orgasmo en ese momento, desabrochó hábilmente mis pantalones, me apartó las bragas y comprobó que me estaba gustando mucho lo que me estaba haciendo, entonces me las quitó y de la misma forma que antes había subido ahora comenzó a bajar. Yo me puse tensa, pero con una mirada me relajó, llegó a mi pubis, me daba mordisquitos mientras con sus brazos extendidos acariciaba mis tetas, apartó mis muslos, me agarró las manos entrelazando sus dedos y los míos y comenzó a lamer mi vulva, me estremecí y se me puso la carne de gallina, ella encontró mi clítoris y comenzó a jugar con su lengua con él, aceleró el ritmo y rápido me corrí, ahí ya no pude evitar los gemidos aunque intenté reprimirlos. Se apartó un poco de ahí, pero siguió con las caricias, los besos, se acercó a mis oídos y comenzó a decirme lo guapa que era, lo que le gustaba, lejos de relajarme yo estaba de nuevo excitada y aunque muerta de vergüenza, y con timidez por mi inexperiencia con mujeres, pensé que era mi turno de darle placer a ella.

Empecé a besarla tímidamente (yo hasta entonces había permanecido quieta), a tocarla, descubrí lo agradable que era su piel, nos besamos sin parar, con nuestras lenguas entrelazadas, fui bajando tal y como ella lo había hecho conmigo pero me paró y me dijo al oído: "no vayas tan rápido, es demasiado para tu primera vez", no me dejó tiempo de respuesta e hizo que siguiera comiéndole la boca, ella acariciaba mi sexo y yo hice lo mismo con el suyo, de la lentitud anterior pasamos a una dinámica mayor, abrazadas, sin despegarnos nos revolcábamos por la cama, tocándonos, besándonos, de forma experta colocó su sexo contra el mío y fue el propio placer el que nos llevó a hacer los movimientos más acertados, frotando nuestros clítoris rítmicamente, nuestros cuerpos estaban prácticamente fundidos, era tal mi estado que ya no cabía la vergüenza y el pudor de pensar que estaba con una mujer y que encima era mi profesora, aceleramos el ritmo hasta que las dos a la vez, de forma mágica alcanzamos el clímax, fue maravilloso, sentí tocar el cielo, nunca había experimentado nada así.

Me abrazó fuerte y no paró de besarme, una vez calmadas, ya relajadas, yo dije que tenía que irme, pero no me dejó, dijo que si me iba me comería la cabeza con lo que había pasado, me besó suavemente en los labios, me abrazó y me dijo "quédate", besó mis ojos y me dijo "relájate, yo te acariciaré hasta que te duermas", pensé que no sería capaz de dormir esa noche con lo que había pasado, pero la fuerza y la calidez con la que me abrazaba hizo que cayese en un segundo, no se apartó de mi en toda la noche.

A la mañana siguiente me levanté, me dio un beso de buenos días y me dedicó una sonrisa preciosa, se había hecho tarde y me fui. Salí de su casa decidida a no volver más, a pesar de lo maravilloso que había sido salí pensando que no se debía repetir, era muy fuerte para mí, pero más fuerte es el deseo, y a partir de ahí comenzamos a vernos y a pasar momentos salvajemente placenteros, no podíamos tomar un café sin acabar sorbiéndolo del ombligo de la otra, no podíamos rozarnos sin meter la mano por los senderos más oscuros, no podíamos mirarnos sin acabar besándonos.
 
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