ENLÁZANOS
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El relato que sigue a continuación sucedió hace unos diez años más o menos. Por ese entonces mis suegros, un tanto mayores necesitaban alguien que los asistiera en los quehaceres cotidianos que toda casa necesita, fue entonces que mi esposa se abocó a la tarea de buscar a una mujer para que realizara las tareas de la casa y les atendiera hasta su regreso de la oficina; así fue que consiguió a una muchacha rubiecita de veintitrés años, vista agradable y bastante simpática.
Ambos (mi esposa y yo) teníamos trabajos fuera de casa, ella en una empresa de seguros y yo en una siderúrgica, por lo general ella llegaba antes que yo.
Todo se desarrollaba con absoluta normalidad, la muchacha se retiraba cuando alguno de nosotros regresaba de su trabajo. Como yo era el último en regresar raramente nos encontrábamos, pero en la ocasión que estábamos preparando una fiestita de cumpleaños para nuestro hijo, quedó todo un día sábado y ahí se dio que colaborando conmigo en la adecuación de la casa tuvimos un primer acercamiento, si bien comenzó a interesarme rápidamente deseché la idea y la cosa no pasó de ahí.
El tiempo siguió marcando nuestro devenir de complicaciones familiares y el trabajo a tener sus altibajos; la empresa que me tenía como uno de sus supervisores decidió prescindir de mis servicios, y luego de una negociación bastante favorable accedí a retirarme de la misma.
Entonces me dediqué, a buscar en que ocuparme, pero no fue tarea nada fácil por esos tiempos, como pasaba el tiempo y nada conseguía. Con dinero del despido, mis conocimientos de diseño y contactos comerciales a instalar un pequeño taller de desarrollo de matrices para la industria plástica, algo como para aportar el sustento cotidiano. Este emprendimiento lo realicé en mi casa, ya que disponía de lugar.
En los comienzos del emprendimiento solía tener muchos momentos de ocio, estaba gran parte del día en casa, compartíamos el almuerzo y algún refrigerio por las tardes, que me traía a la oficina. El contacto diario permitió tener más diálogo, más acercamiento entre mi soledad y su juventud fue generando el efecto peligroso como acercar un fósforo a la leña seca.
Por esas extrañas leyes que rigen la cambiante dinámica de la seducción, una tarde se retiraba más temprano de lo habitual, como a las tres de la tarde, a comienzos del verano y con un agradable calorcito. Una diálogo de circunstancia y totalmente casual como no tenía nada urgente que hacer, mi hijo estaba en la casa de un amiguito y ahí no más le dije: - No te gustaría acompañarme y vamos al cine? - Bueno, está bien, ¿por qué no?, ¡vamos te acompaño! De más está decir que quedé gratamente sorprendido por la rápida respuesta de aceptación.
- Bueno anda yendo hasta donde tomas el colectivo y espérame en la parada, que te paso a buscar.
Saqué el auto del garaje lo más rápido posible, mientras mentalmente iba acomodándome a esta nueva e incitante circunstancia, sorprendiéndome notablemente y pensando a dónde ir. Todo fue tan inesperado que no tuve demasiado tiempo en armar una estrategia para dar rienda suelta al deseo de tirármela, más de una noche de insomnio pasó por mi mente tener algo con ella y ahora, así de sopetón, se me regaló al primer amague. En eso estaba cuando a un par de calles me llegué a la parada del colectivo, y... ¡ahí estaba esperándome! - Hola!, ¡subí! -cerró la puerta y partimos. - ¿Adonde vamos? -dije sin mirarla, de la oferta de ir al cine ni acordaba que lo había dicho momentos antes.
- No sé, donde quieras. - breve pausa y luego: - Donde vos quieras (sonó como reforzar su oferta de aceptación y que no me quedaran dudas) Pensaba a mil kilómetros por hora, recorrimos unas diez por la calle Juan B. Justo, en dirección a Palermo, zona de albergues transitorios (hoteles por hora para parejas), a marcha muy lenta y cuando ya casi estábamos en la entrada del mismo le digo: - ¿Entramos a tomar un café? - Y... bueno, ¿si querés vamos? - sonrió, mirando hacia abajo y volvió a decir: seguro que el café aquí lo sirven con leche.
Me dirigí a la entrada, pedí una habitación, tomé la llave, estacioné y nos encaminamos al ascensor con el "cuore" latiéndome a mil. En el ascensor me dijo -Me imaginaba algo así -No lo tomes a mal, tomamos un café o una gaseosa nada más, no estás obligada a nada, descansamos un rato en un lugar cómodo y discreto. Lo que menos quería era tener un problema al día siguiente, por eso la explicación.
Entramos en la habitación, sumamente confortable y fresca para el cálido veranito, me quité los zapatos y la camisa, me senté en la cama y pedí dos whiskies y dos gaseosas con mucho hielo.
- Ponte cómoda!. -Me voy a dar una refrescante ducha, ¿me acompañas?...¿te la preparo? Abrí la ducha y me acompañó a compartir el agüita fresquita, la enjaboné por delante y detrás sin ningún reparo, como para ir tomando confianza le enjaboné las tetas, no muy grades pero duritas y movedizas a la fricción, como era rubiecita tenía piel muy tersa y blanquita, pezones deliciosamente rosaditos. Tomaba un poco de distancia para contemplarla toda entera, llené mis asombrados ojos con su imagen de mujer, viajando más al sur de su anatomía aparece ese montoncito de vello que alcanzaba apenas a ser de un color castaño oscuro que cubría ese nidito, que me imaginaba tan cálido.
- ¿No me enjabonas a mí? Y ahí no más me enjabonó, apenas pasó por el vientre, como para disimular, y fue directo a la pija, que por ese entonces ya estaba a pleno, en su máximo desarrollo. Lo hizo con tanta suavidad, calidez y naturalidad que me sorprendió gratamente, esa actitud producía en mí un delicioso erotismo, que enseguida trocaría en avasallante calentura capaz de derretir una vía de ferrocarril. Renové mis caricias en los pechos, en la raya y en la conchita con la excusa de enjabonarla. -No metas jabón dentro que después me pica, si metes los dedos sin jabón, ¡por favor!
Todo fue desarrollándose con total naturalidad como si no fuera nuestra primera vez, no había esa incertidumbre de no saber por donde empezar, qué será lo que le gusta más y qué no le agrada, por el contrario sin hablarlo se nos estaba dando todo tan fácil.
Nos secamos, dimos cuenta de las bebidas, encendimos la TV, sintonizando el canal porno obviamente para ir creando el ambiente y avanzando en el motivo de nuestra presencia en ese lugar. Teniéndola así al alcance de la mano comencé con la sesión de caricias de inmediato, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo, sin premura saboreando el momento de cada caricia. Como ella estaba demasiado pasiva llevé su mano a mi pija, enseñándole el camino, acarició con tanta suavidad como en la ducha y ésta se levantó aún más y con pocos subí baja el glande comenzó a lubricarse por sus sabias caricias.
Como afiebrado, comencé a besarle los pechos, acariciar los pezones, dándole cada tanto una pasada de lengua a esos bultitos turgentes y rosados, cada vez más turgentes y más rosados. Con la mano derecha buscaba una y otra vez a esa cálida oquedad que comenzaba a humedecerse. Abriendo los labios y percibir con el dedo esa humedad de mujer que parecía anhelante de tener mi carne dentro de sí, se sentía espeso y caliente.
- Así, seguí asííí -dije mientras ella me pajeaba con gran sensualidad y dedicación.
Cerré los ojos, para disfrutar de la caricia, que me llevaba al quinto cielo del deleite.
Reanudé mis caricias y a besar todo el vientre, totalmente fuera de mí, quería atravesarla con la espada de carne, tan dura la tenía que sentía dolor, y le pedí que para aliviarme me dejara ponérsela, pero antes ¿no le das un besito? Se incorporó y acomodó para besarla, la tomó con una mano subiendo y bajando la piel, produciendo nuevamente esas placenteras sensaciones, que se convirtieron en el súmum del placer cuando sus labios rodearon la cabeza y la lengua tomó con lentos movimientos la humedad preeyaculatoria. A esta altura de los acontecimientos ya no tenía noción de nada, tan solo podía extasiarme en esas maravillosas sensaciones que me transportaban los movimientos bucales de Marina.
- Por favor ¡dejame meterme en vos!, ¡por favor, por favor!
Se salió, liberó la carne totalmente hinchada y ansiosa; ahí fue cuando le separé las piernas abriendo las puertas al placentero estuche de carne trémula. Desbrocé la mata de suave vello y abrí levemente los labios de la vagina, arrodillado como estaba apoyé la cabeza de la pija empujando levemente, luego un poco más y cual no sería mi sorpresa a apreciar que empujaba y..., y... ¡no le entraba! Como no era mi intención ser demasiado bruto - Sé que no podes ser virgen, pero no entra, ayudame, ayudame a entrártela. - Por favor¡ Ayudame, ayudame! - Dejame a mí. Pero también vos la tenés tan gordota. -¿No será para tanto? -¡qué no!, probé unas cuantas y te aseguro que no tuve una tan gorda, más larga sí, pero así de gorda ¡te juro que no!
Se salió de debajo de mí, me colocó de espaldas en la cama. Se colocó a mis pies y me pegó una chupada más y luego se colocó a horcajadas, una rodilla a cada lado, quedé entre sus piernas, con una mano fue guiando a mi miembro hasta tenerlo entre sus labios, bajándose hasta metérsela lentamente, hasta quedar totalmente dentro de ella. ¡Que placer! verla y sentir como se desliza en ella, no encuentro palabras para describir tanta sensualidad y erotismo producido por la deliciosa estrechez de esa cochita (era la segunda vez que tenía la oportunidad de disfrutar de la gloria de una así, juro decir la verdad y nada más que la verdad, en esto al menos).
Subía y bajaba, subía y bajaba, otra, otra y otra vez más. No entendía nada, transportado al paraíso guiado por esa máquina de placer que ronroneaba disfrute. Paraba como para tomar un respiro y retomaba el ritmo nuevamente volviéndome muy loco de gozo, sabía manejar los tiempos y acciones del coito, observaba cada acción y reacción para regular los momentos de acción y de calma para prolongarme el goce.
Era una maestra en el arte de sexo, había decodificado el lenguaje gestual y sonoro del macho que estaba haciendo disfrutar como nadie, intuía qué y cómo quería cada movimiento un instante antes, se preparaba para darme lo que estaba pensando.
- ¡No me acabés adentro!, por favor, ¿sí? -era obvio que sintió en mí los momentos previos a venirme, aflojó el ritmo hasta que le respondí. A decir verdad, y me olvidé consignarlo en el relato, no soy de tener mucho sexo casual y este podía ser el caso, no lo hago sin el indispensable condón pero lo apremiante de la calentura y cómo se dieron las cosas la verdad cometí este craso error.
- ¡Sí!, ¡quedate tranquila y seguí así, seguí así, por favor! - Ahora era yo quien trataba de desconcentrarme algo para prolongar el acto que según ella calcularía después duró como media hora (a las lectoras puedo asegurarle que digo verdad, desde muy jovencito me enseñaron, y aprendí, que el goce no está en acabar, sino en todo el metisaca previo. Para el acto soy de largo aliento)
Continuamos el mete y saca, con el ritmo que marcaba ella, moviéndose arriba y abajo y ambos gozando cada movimiento, cada metida y cada sacada hasta volver a ensartarla en cada sentada de ella. En un momento dado sentí como un profundo suspiro de ella, lo que entendí como un orgasmo, debe haber sido lo bastante intenso para dejarse caer, cerrar los ojos y perder todo contacto con la realidad, se dejó caer hacia delante, sobre mi pecho. Esto, además de estando abajo me permitía demorar el mío.
Cuando llegó mi turno, le avisé que ya estaba próximo. - Y ¿dónde acabo?... y si le podía acabar en su boquita, fue una pregunta con prevención y cautela, más aún cuando era la primera vez que teníamos un encuentro de cama y no sabía nada de sus preferencias de sexo. - ¡Bueno!. Fue su respuesta. -no lo pensó, ahora estoy seguro que ya lo tenía pensado, aún antes que se me ocurriera a mí. Y después nosotros nos creemos los inventores de sexo, pero en realidad es la mujer la que sabe más y nos hace creer que todo cuanto hace es a instancia nuestra.
Continuamos el movimiento, ella manejando los tiempos, yo asimismo aceleré los míos levantando la pelvis empujándosela lo más adentro posible mientras que la tomaba de las caderas empujándoselas hacia abajo para quedar totalmente ensartada en mi pija. -¡Preparate!, ¡estoy por acabar! -seguí empujando, cada vez más rápido, cada vez más y más fuerte (quejarse, que le dolía, que la estaba reventando), y llegó el momento deseado...
- ¡Prepará la boca que me viene la leche!, ¡preparate! - ¡Dale, dame mi leche, dame mi leche, dámela por favor! - ¡Ya, ahora!, ¡ahí viene la leche!, ¡tomala! Se salió, se arrodilló a mis pies, agarró la pija con la boca ansiosa y chupó y chupó y chupó más, al mismo tiempo que yo le tomaba la cabeza empujándola hacia abajo haciéndole un coito bucal. - ¡Ahhhhhh!!!... fue lo único que pude decir cuando me brotó el primer chorro de semen dentro de su caliente boquita, luego otro movimiento y otro chorro de semen, un par de movimientos más y varios chorritos de leche hasta quedarme totalmente quietito.
Fue una acabada de esas que dejan huella, que dura un instante y recordamos toda la vida (este relato lo prueba) Junto con el semen dijo ella que brotó de mí un gemido, intenso y profundo, como venido del más allá, quedé dentro de su boca caliente, ella permaneció un ratito más allá de haber terminado el último de los chorritos. Retiró la boca, para que pudiera ver el movimiento de la glotis al tragarse la leche. Ese acto no fue casual, sino ex profeso un plus a mi goce erótico. -¡muy calientita! -dijo de mi acabada que estaba en su boca Nos abrazamos y permanecimos así un buen rato hasta que (al menos yo) recuperamos el sentido de la realidad y volver al mundo de los normales.
Unos tragos de gaseosa vinieron bien para prolongar un poco más el relax, que por influjo de la película del canal porno no tardó demasiado en elevar las acciones del deseo que seguían latentes como en el primer instante. En un tris ya estaba amasando las hermosas redondeces coronadas de rosada frutilla, ahora objeto de mi codiciosa gula por engullirlas hasta el hartazgo. No hay mejor incentivo para un veterano, como yo, que tener carne joven al alcance de la mano. ¡Qué viagra ni viagra! con una pendeja como mi partenaire en estado de desnudez uno es capaz de cualquier proeza en las lides del sexo.
Después del primer goce juntos y con tal intensidad que daba para una repetición sin demasiado preámbulo, no había disminuido para nada mi excitación y contagiarla no era difícil. Bastaron un par de mamadas en sus pechos para que hiciera efecto abriendo las piernas y dejar expedito el acceso a la mata de vellos, aún húmedos por el fragoroso contacto con mi masculinidad.
Avanzando en el juego de caricias fui un poco más allá, explorando otras zonas corporales de esta ofrenda rubia. En un momento decidí que era momento de asediar por todos los frentes, y ¿por qué no retaguardia? Esa idea quedo latente aunque distraído por ella cuando me puso de espaldas nuevamente para degustar el miembro que tenía asido con ambas manos, reía al decir que con una solo no podía. - Me gusta, pero como soy algo estrecha, por lo menos para usted (causó gracia cuando volvió al trato habitual) no puedo con una sola, uso las dos manos.
- ¿Y la boca? - Ya voy, ansioso. ¿No podés aguantar un poco sin mamarte? - ¡No!, la tuya me vuelve loco, ¡muy loquito!
Volvió a mamarme, una locura la dedicación y empeño que ponía en la tarea de hacerme gozar, intenté preguntarle si quería una devolución de atenciones pero otra vez adivinó mis intenciones, sin dejar de mamar, me miró a los ojos y puso un dedo en mi boca para evitar que hable y dijo: -¡Shhh!, ahora es mi turno, quiero hacerte gozar, soy toda tuya, eso que ibas a decir lo dejamos para otra vez. ¡Gozá! Cuando consideró que esta listo para otro round de sexo, se colocó nuevamente a horcajadas e inició el ritual del subibaja, ahora entró algo más fácil, ¿tal vez por haber sido agrandada? eso pensé en mi exacerbado machismo, pero seguro fue por más lubricación. De todos modos ahora no se quejaba del grosor, pero gozamos de igual forma que el primero. Para no cansar con la perorata voy a continuar desde el momento que le avisé que me faltaba poco para acabar y pregunté, con timidez fingida: -¿y si te doy por atrás? - Bueno... pero dejame a mí.
Seguidamente se levantó un poco, lo suficiente para cambiar "de enchufe", Gratamente observé como se salía del empalamiento, con todo el cuidado y respeto por el grosor se colocó el miembro en la puertita del "marrón" (culo en argentina) y con leve movimiento lateral se fue ensartando ella misma. Instantes de tensión para el macho que casi no se mueve para evitar lastimarla mientras Marina va deslizándose sobre el falto, lento, lento, hasta que su recto puede contener la carne que expande su carne.
Siento el anillo que aprieta mi carne ardiente, espera interminable (aunque sean segundos, parecen horas) hasta que ella se adapta y acomoda para poder hacerme gozar. De a poco va tomando ritmo. El polvo se hace cada vez más y más excitante, la calentura alcanza niveles inéditos, en tal estado no es tan simple prolongar el placer de estar forzando tan estrecha abertura (digamos que tampoco era tan estrecha si la compara con la vagina)
La calentura está produciendo una nueva ración de producto lácteo que pugna por buscar por donde volcarse, se lo hago saber. - ¡Dale, dale cuando quieras! por ahí no me podés embarazar. ¡Dale! - Pero quiero moverme yo, ¡quiero empujar! - ¿Cómo querés que me ponga?
Sin sacarla del estuche, y con mucho cuidado, la puse de espaldas, me arrodillé entre sus piernas, coloqué éstas en mis hombros y comencé el bombeo. No recuerdo cuantas veces fui y vine dentro de ella, empujando dentro de ese orto delicioso, sacaba hasta la punta y entraba con todo, cojía ese culo como poseído, afiebrado de tal modo que la única forma de alivio era introducirme en ella hasta más allá de los límites físicos. No me importaba nada, solo meter y meter, ni me molestó que en el traqueteo a pleno y por efectos del pistoneo descontrolado a que la sometía soltó algo de orina.
Esta volando de calentura, tanto que ni siquiera después de la acabada intensa se bajo la erección. Ella pidió que no se la sacara -Quedate así, quedate un poco más, hasta que se ablande. -fue su esfínter el que me expulsó de sí. Mientras salía el maltrecho miembro venía tras de sí un fino hilo del semen que le había largado en el aterciopelado interior.
La ducha fue auxilio reparador de una tarde intensa y fogosa, luego el relax, de espaldas, de la mano mientras disfrutamos de la silenciosa contemplación del cielorraso ordenando las agitadas emociones vividas momentos antes.
Fue el sonido impertinente del conserje del hotel que nos volvía a la realidad: - ¡Su turno!Salvadora cuando queremos escapar de la compañera que solo queremos para solucionar una urgencia masculina y fatídica cuando, como en este caso, queremos prolongar el placer de estar junto a la pareja que gozamos.
No se nos volvió a dar la oportunidad de repetirlo, pero a pesar del tiempo transcurrido no quedó en el cajón de los recuerdos, sino está en la repisa de la biblioteca junto a los objetos que nos recuerda los buenos momentos vividos. Nota: La denominación "doméstica" no es para menoscabo de la protagonista, sino tan solo una forma de titular el relato, como complemento de nombre. Los hechos y circunstancias fueron relatados con toda la fidelidad que la memoria y los sentimientos me lo permitieron.
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