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Un marido generoso - Cortesía de Librored.com

Entre mis amigas siempre tocamos temas de pareja, más aun desde que todas nos casamos y tenemos problemas con nuestros esposos como cualquiera.

Que nos peleamos, que nos reconciliamos, que nos ignoramos, en fin…, nada del otro mundo. Algunas aseguran que sus matrimonios son convencionales y otras que intentan no serlo.
El mío es un matrimonio normal, no tenemos hijos (no al menos por ahora), ambos trabajamos y llevamos una vida tranquila. A nivel sexual siempre nos llevamos estupendamente bien y tenemos por costumbre contarnos nuestras fantasías, tanto personales como de pareja.

Dentro del círculo de amigas que tengo ese tema a veces se toca pero no todas se explayan sobre eso. En mi caso personal nunca tuve inconvenientes al respecto así que no me asustaba nada ni me daba pudor hablar de ciertas cosas.
Una de las grandes fantasías que tenía mi marido era verme con otro hombre en la cama y el participar también, lo cual teníamos que hablarlo mucho porque esas cosas no siempre salen bien.
Una de las tantas veces que nos reunimos con mis amigas comenté con las más intimas que mi esposo ya estaba considerando esa posibilidad como algo seguro y una de ellas se animó a confesar que ya había pasado por esa situación.

Las más interesadas en el tema la escuchamos atentamente, más aún yo que me faltaba poco para tomar la decisión y seguir adelante, dar el si para eso.

He de confesar que más me atraía la idea de tener a otra mujer en la cama junto a mi esposo y siempre pensé que primero se cumpliría eso dado que los hombres disfrutan terriblemente con esa experiencia, pero teniendo en cuenta la insistencia de mi marido pensé que no estaría mal probar y darle el gusto, con la condición de que después fuéramos concretos con mi primera fantasía.

Esta amiga que ya lo había vivido nos contó que al principio le costó un poco relajarse pero que después termino disfrutando muchísimo de la experiencia, que fue algo por demás excitante y que eso ayudo mucho a la posterior vida sexual de su pareja.

Confesó también que si bien tenía cierto pudor de tener sexo con un desconocido mientras su marido miraba, llegó un momento en que perdió la noción de todo y se entregó a ese hombre y terminó de celebrar la idea cuando su esposo se unió a ellos y terminaron formando un trío maravilloso.

Esa misma noche hablé con mi marido y después de tener una noche de pasión extrema le dije que aceptaba su propuesta.

Mi única duda era saber quien vendría; la idea de que fuera alguien conocido no me seducía demasiado así que confié en que mi esposo sabría que hacer.

Me aseguró que este hombre no sería alguien que yo conocería y eso me tranquilizo algo más.
El día era el viernes de esa semana, este hombre vendría a cenar a casa y si la situación daba para que lo hiciéramos esa noche, se haría de lo contrario quedaría para otro encuentro y esa noche solamente nos conoceríamos.
Para que negar que estaba por demás nerviosa y ansiosa pero me di cuenta de que era algo común, algo lógico así que intenté relajarme todo lo que pudiera.

Preparé una cena informal y a las nueve de la noche en punto, sonó el portero eléctrico de mi casa. Mi esposo bajó a abrir y a los tres minutos entraba por la puerta de mi departamento un hombre de 35 a 40 años más o menos, alto, de espaldas muy anchas y piernas fuertes, manos grandes (hasta diría que algo toscas) y de origen cubano.
Su piel era oscura, sus ojos negros como el carbón y una amplia y radiante sonrisa de dientes blanquísimos, que contrastaban con la oscuridad de su piel.

La verdad era que me había encantado, estaba prolija y sencillamente vestido de sport, un perfume delicado pero muy masculino, en realidad era todo un hombrazo.

Mientras trataba de sacar una rápida radiografía de este Sr. que se llamaba Pedro, mi marido me miraba de costado tratando de adivinar si me había caído bien o no.
Creí darme cuenta de que se relajó enseguida cuando vio mi actitud al recibirlo, cuando vio que me había distendido y que estaba aceptando tácitamente.

Nos sentamos a cenar, la charla fue muy amena. Pedro había llegado de Cuba hacia cinco meses y estaba ocupando la Gerencia de la empresa donde trabajaba mi esposo. Era un hombre muy preparado, muy simpático y extremadamente caballero y sensual.

Creo que esos dos requisitos fueron los que más me gustaron de él y me dieron la posibilidad de dejarme llevar por toda la situación, que no era nada fácil en sí misma.

Al cabo de varias horas de charla y varias botellas de vino (más alguna que otra de champagne) se notaba cierto aire de intimidad en la casa. Mi esposo había bajado las luces y colocado música suave que parecía arrullarnos a los tres.
De pronto mi marido me tendió la mano para sacarme a bailar mientras Pedro permaneció sentado en el sillón, con una copa de coñac en la mano, fumando un habano y mirándonos con una semi sonrisa dibujada en el rostro.
Los efectos del champagne, las luces bajas y la música baja no tardaron en hacerse sentir. Mientras bailábamos mi esposo me besaba delicadamente en el cuello, me pegaba a su cuerpo, se movía de la forma en que sabia que a mi me enloquecía.

Cuando el sintió que me estaba entregando a sus manos, de la nada me vi envuelta por los brazos de aquel desconocido que amablemente se había levantado del sillón para bailar conmigo.

Además de ser simpático e inteligente, Pedro estaba demostrando ser un excelente bailarín. Supo llevarme muy bien, su cadencia rítmica era impecable y, porque no decirlo, la cercanía de su físico al bailar me dio la pauta de que tenía un toque más sexy de lo que había notado.

No se sinceramente cuantos temas bailamos, solo sé que sus manos acariciaban mi espalda lentamente mientras lo hacíamos y sin que fuera muy evidente, así pegados, fuimos avanzando hacia la habitación en donde todas las noches dormía y tenia sexo con mi marido.

Al llegar al cuarto, Pedro comenzó a besarme muy despacio en las mejillas y luego en la boca. La mezcla de alcohol con habano me encendió instantáneamente y durante un instante de lucidez busque con la mirada a mi marido, hallándolo sentado en un cómodo sillón que teníamos en un rincón del cuarto, con la mirada fija en Pedro y en mi, esperando el desarrollo de los acontecimientos.

Reconozco que es muy difícil relajarse en una situación así pero la mezcla de cosas logro que lo pudiera hacer más rápido de lo previsto.

La generosidad de esa boca masculina me estaba gustando mucho. Pedro supo llenar mis mejillas de besos suaves, asalto mi boca con un poco mas de efusividad y nunca dejo de acariciarme la espalda con sus manos que si bien lucían algo toscas, al tacto eran estupendas.

Con mucha delicadeza bajo los breteles de mi vestido negro, dejando al descubierto mis pechos en dos segundos. Los tomo con sus manos, los acaricio delicadamente y comenzó a besarlos con más pasión aún que mi boca.
Mientras se encargaba de ellos logró colocar una pierna entre las mías, dejándome sentir su excitación sin ningún tipo de pudor.

No podía dejar de buscar la mirada de aprobación de mi esposo, no podía dejar de mirarlo sentado en el sillón y cada vez que giraba la cabeza hacia donde él estaba, podía verlo más y más ensimismado en la situación, no me miraba a mí, nos miraba a los dos y con una lujuria que nunca le había notado en sus ojos.
Eso me liberó más así que comencé a acariciar a mi partenaire, comenzando por la espalda, arqueando mi cuerpo para que su boca siguiera besando, lamiendo y comiendo mis pechos cómodamente. Mis manos bajaron por su espalda hasta su cola y desde atrás vinieron hacia adelante donde pude hace contacto con su entrepierna y disfrutar de la posibilidad de acariciar su erección por encima del pantalón.

La verdad es que esas caricias me prometían un momento maravilloso, la generosidad de las dimensiones que estaba acariciando eran increíbles y me excitaron más todavía.

Mientras me encargaba de eso, Pedro había dejado resbalar sus manos por mis piernas y estaba subiendo lentamente la minúscula falda del vestido por el lado de adentro, deslizando casi sin querer sus dedos por el borde de mi ropa interior, rozando mi vagina que para esa altura de las cosas estaba completamente mojada.
Cuando sentí la yema de sus dedos vagando por la cara interna de mis muslos, sentí que me desmayaba allí, parada al borde de la cama y entre los brazos de ese cubano maravilloso.

Desde ya que no lo permitió, me sujeto firmemente y caímos como en cámara lenta los dos sobre la cama, no sin antes haberme despojado del vestido y yo a él de su camisa.

Así quedé desnuda, tendida en la cama frente a ese par de ojos negros inmensos y ante la lasciva mirada de mi marido, que seguía sentado en su sillón acariciándose la entrepierna, la mirada cargada de deseo y pasión al ver esa escena maravillosa que le estábamos regalando.

Ante la urgente invitación que ofrecía mi cuerpo desnudo sobre la cama, Pedro se inclino sobre mí a besarme una vez más la boca, a seguir masajeando mis pechos para dejar resbalar su boca lentamente por mi vientre hasta mi pubis.
Ese recorrido me estaba marcando la piel a fuego, sus labios carnosos sellaban cada rincón que tocaban y cada vez deseaba con mas premura que llegara a mi vagina, me moría por sentir esa lengua fresca besándome, chupándome, haciéndose cargo de mi extrema excitación, de mi creciente calentura.

Había dejado atrás cualquier prejuicio y saber que mi marido miraba excitado, me calentaba más todavía, no creí que eso pudiera calentarme de esa forma pero así era.

Pedro no se hizo esperar mucho tiempo mas, no había terminado de pensar en donde quería su próximo beso cuando abrió suavemente mi entrepierna y comenzó lo que, hasta hoy, fue la chupada más gloriosa que me han hecho (marido incluido ) en mi vida.

Primero se dedicó a pasar su lengua por mi pubis sin abrir los labios de mi vagina en ningún momento, lamía y lamía la carne y el flujo que ya había salido de mi interior y había bañado los labios externos y cuando parecía que no le quedaba cm sin recorrer, abrió los labios con sus manos exquisitas y comenzó otra fase más de ese delirio tremendo al que me había sometido voluntariamente.

Su lengua se estaba haciendo cargo incesantemente de mi carne, de mis jugos, de mi pasión. Pedro tenía una lengua deliciosa, era la mezcla exacta de suavidad con aspereza, cada vez que metía su lengua entre mis labios vaginales y rozaba mi clítoris, mi cuerpo se arqueaba más y más, mis manos no podían dejar de alternar entre mis pechos y los empujones que le daba a su cabeza para que se enterrara una y otra vez dentro de mí.

Me di cuenta de que mi sabor a hembra le estaba gustando porque los sonidos de succión que hacia eran deliciosos, era maravilloso inclinarse hacia adelante y ver como recogía con su lengua mi flujo y lo estiraba hacia afuera, era muy erotizante ver como su lengua se mantenía unida a mi vagina mediante un hilo de flujo que luego sorbía con maestría y terminaba relamiéndose con gula.

No pude evitar pedirle que metiera su lengua más adentro y lo hizo, parecía que quería quedarse a vivir entre mis piernas. Metió su lengua y sentirme penetrada, cogida por ella fue más de lo que pude soportar y tuve mi primer orgasmo con él dentro de mí.

Fue un orgasmo violento, como una caída libre. Mi cuerpo se sacudió de pies a cabeza pero Pedro no dejo de cogerme, ni aún en medio de mis espasmos más violentos. Parecía que eso lo había animado mas todavía porque podía seguir sintiendo como su lengua arremetía en mi interior para luego extenderse hacia mi culo, podía sentir como arrastraba mi flujo hacia allí y lo mojaba una y otra vez.

Fue medio segundo pero pude escuchar gemidos que provenían del sillón, de la boca de mi esposo, quien a estas alturas ya tenía su miembro completamente fuera del pantalón y estaba acariciándose con un desenfreno que nunca había visto en él.

Cuando Pedro ya había sorbido todo lo que mi cuerpo podía darle en ese momento, se paró, se quitó su pantalón y me dejó ver en primer plano su sexo, un sexo incomparable, tieso, extenso, brillante, maravilloso en toda su dimensión.
Creo que la sola promesa de que ese miembro me penetrara hizo que tuviera otro orgasmo más, diferente al anterior, pero no por eso menos placentero.

Sin hacerse esperar, se colocó entre mis piernas, apoyó sus brazos a los costados de mi cuerpo y en un solo tiempo me penetró. Tuve que agarrarme de las sabanas para no gritar porque entrando, su sexo parecía haber cobrado una dimensión mucho mayor a la que se veía desde afuera.

Ese tamaño solo hizo que me calentara más y los movimientos del cubano no me daban tregua. Parecía saber que me enloquecía que entraran y salieran solo un poquito porque fue lo que hizo incesantemente. Metía su miembro dentro de mí, lo sacaba solo un poquito y arremetía nuevamente, volvía a meterlo con toda la fuerza de que era capaz.
Me hizo pedirle cada cosa que deseaba, me hablaba en susurros y pude distinguir que mi esposo se calentaba más todavía con esa escena, parecía excitarle diez veces más cualquier tipo de dialogo que pudiera tener con el que, en ese momento, era mi amante.

Abruptamente Pedro colocó mis piernas alrededor de su cuello y eso permitió que sus embestidas fueran más hondas, más profundas, que llegaran al interior de mí, como si quisiera tocar con su miembro hasta el fondo de mis entrañas y lo estaba logrando.

La cama era un concierto de gemidos de placer, de pedidos de distintas posiciones, de más y más, de no parar nunca. Sentía como si fuera otra mujer, algo dentro de mí se había desatado y si bien siempre fue muy pasional, ese momento estaba haciendo nacer en mí a una desconocida, por momentos me sentía una ninfómana sin control.
Estando en ese combate cuerpo a cuerpo con Pedro, no llegue a notar que mi marido se había levantado del sillón y se había acercado a la cama. Se mantuvo al costado de ella, mirando como me estaba cogiendo ese cubano espléndido mientras comenzaba a acariciarme los pechos, a chuparlos casi con desesperación, a morderme los pezones como él solo sabía que a mí me encantaba.

Era demasiado, juro que era demasiado placer para mí. Estaba siendo penetrada por un tremendo hombre, con una tremenda polla que me estaba matando de gozo y encima mi marido me chupara las tetas de una forma gloriosa, creí que no podía ser capaz de soportar tanto delirio pero faltaba más, mucho más.

Mientras Pedro se disponía a dar sus últimos toques con su miembro dentro de mí, mi marido ya me había acercado su miembro a mi boca, la cual se vio llena de su sexo, lamiéndoselo desaforadamente, mientras ese otro hombre seguía cogiéndome sin cesar.

Los gestos de placer de mi marido viendo como otra polla que no era la suya entraba y salía de mi, al tiempo que mi boca se encargaba de el, eran hermosos, nunca lo había visto así, nunca había visto tanto placer en su rostro y estaba decidida a seguir hasta el final.

Cuando mi esposo no aguantó más con su polla en mi boca, solo con un gesto hizo que Pedro se retirara de mi interior para darle paso a él, para que mi esposo se encargara de mi, se encargara de mojar su sexo dentro del mío mientras Pedro me ofrecía ahora el suyo para que mi lengua siguiera estimulándolo.

Así permanecí durante un buen rato, siendo cogida por mi marido y por Pedro en mi boca, mientras iba perdiendo de a poco los sentidos, dejándome arrastrar solo por el deseo de esos dos terribles machos que tenía a mí alrededor.
Me parece que nos faltó una cámara que nos filmara porque creo que la imagen de Pedro cogiéndome la boca mientras mi marido entraba y salía de mi cuerpo, vista desde afuera, tendría un valor altísimo de excitación.

En una fracción de segundo, mi esposo me tomo de la cintura, y sin salir de mi interior, me levanto en andas, giro sobre sí mismo con mis piernas alrededor de su cintura, se acostó de espaldas en la cama, me dejo encima de él y siguió cogiéndome desesperadamente, esperando lo que vendría en segundos, el momento más caliente de toda esa noche que pude vivir.

Mientras mi marido me tenia agarrada de las nalgas y me permitía montarlo, me permitía estar sentada sobre él y con mi pecho casi recostado hacia delante sobre el suyo, comencé a sentir nuevamente la lengua de Pedro encargándose del agujero de mi culo, entendiendo en breves instantes lo que iba a pasar y en vez de asustarme, cada vez lo deseaba más.

Al borde de la locura, de la pasión y del colmo del deseo mi marido sin más preámbulos que un ronco " Ahora " permitió, abriendo aun más mis nalgas con sus manos, que Pedro me tomara por atrás solamente con una certera entrada en mi.

Me parece que no voy a ser capaz de describir con palabras lo que sentí al ser penetrada de esa forma, al sentir dos polla dentro de mí que me satisfacían a pleno, al sentir el peso de ese hombre inmenso sobre mis espaldas, montándome como un animal en celo y yo dejándome hacerlo, mas en celo que el todavía.
El ritmo de ambos hombres moviéndose en mi interior me llevo a un nuevo orgasmo, más violento que los anteriores, más fuerte, más lujurioso.

Parecía que se habían puesto de acuerdo para moverse, para llenarme, para no darme respiro. Era sensacional sentirme así, llena por dentro por dos hombres mientras que mi marido no dejaba de comerse mis pechos cada vez que me corría hacia adelante, ante cada envión de Pedro por detrás.

Cuando ninguno de los dos aguantó más, se retiraron de mi interior, me depositaron nuevamente de espaldas en la cama y se subieron a ella, de manera tal que así, parados sobre mí, dejaron derramar su leche sobre mi cara, sobre mi boca, sobre mis pechos.

De la nada me vi inundada por el semen de dos machos que me habían llevado a la cumbre del placer durante lo que había parecido una noche sin fin, una noche inolvidable, una noche casi inigualable.
Cansados de tanto trajín, despedimos a Pedro más que agradecidos por el momento pasado, con la promesa de que no sería la única noche que nos veríamos y con mi esposo nos retiramos al cuarto a dormir.
 
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